lunes, 9 de junio de 2008

La loca


por Noraya


Sentada en un trono relleno de cajas vacías,
entre risas de transeúntes con cabeza de dedo índice,
suelo conversar con mi séquito de tazas blancas en fila.

Les hablo de mi familia de grandes moños,
que me domaba con duchas frías
y se alejaba del temblor de mis manos.

Del muchacho que me lavaba la cara
con el jugo de naranjas podridas,
por quién robe lobos marinos para su siesta.

Del hospital y su olor a pastillas vencidas,
donde el tiempo, es un niño arrugado
abrazado a una enorme piedra.

Ahora,
ofrendo frutales secos al rostro de la culpa
y tengo el mismo sueño todas las noches:
“Soy una manzana hueca que va rodando entre el público”.

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