lunes, 9 de junio de 2008

Una herejía ante la tranquila pasividad


Manifiesto del grupo Maldoror


Lautréamont lo dice claramente: “La poesía en nuestro siglo se reduce a sofismas”. Por su parte Blake, en una de sus visiones memorables, señala: “… y es tiempo perdido conversar contigo que no has producido sino Analíticos”. Es justamente contra estos analíticos, contra estos sofismas, que Maldoror lanza su grito, entiéndalo bien, contra la castrato de la fantasía. Queremos un arte que hierva la sangre, que infle la reflexión, no una tarea retórica. Lanzamos pues nuestro grito en semejanza al de García Lorca en Poeta en Nueva York, cuando un hombre se orina en una deslumbrante paloma, hemos de gritar aunque nos estrellen los sesos en el muro.

La Literatura continúa sumergida en el mundo del monoteísmo, es decir, en la misma barahúnda viciosa de los recitales que imitan a Narciso y al Minotauro que, creyéndose liberado, continúa en su laberinto; en otras palabras: La Universidad. Por favor, no confundan estas palabras con rebelión. La rebeldía está apartada de nuestro estilo, siempre que sea entendido como una simple y pura queja de resentido. Así, más que una rebeldía, se trata de un grito; un grito que es un agudo ataque a la tranquila pasividad; un grito, huella de lo primitivo, entendido como fantasía y vida; un grito que, en aras de construir su mundo, se verá seriamente entorpecido por el lenguaje habitual y el academicismo que vilmente ha querido imponerse como una forma de humanismo a través de la castrato. Sí, uno debe desembarazarse de los libros y los maestros para encontrar, y sobretodo sentir, la primitividad poética: La Fantasía.

Entendemos la poética primitiva como grito, como un retorno al movimiento, a los músculos, al paroxismo de la creación, a la energía. De aquí que Maldoror sea nuestro guía, pues siendo el hermano de la sanguijuela, como él mismo declarara, podemos ir explicando lo que queremos hacer y escuchar a partir de la succión y la sangre. El acto de succionar es un acto de necesidad, de búsqueda de vida con el fin de conseguir la vitalidad que radica en la esencia, en la vida misma, en ningún otro lugar sino en la sangre. Esto significa también ultrajar la tranquila pasividad. El arte es vida y la vida es arte. Y a eso es a lo que aspiramos, a que se pueda decir como Novalis: “La vida infinita bulle dentro de mí”. A nuestro criterio, esto se conseguirá únicamente si no castramos nuestra fantasía, si todavía conseguimos leer un libro con placer después de cinco años aquí, por más de lo que digan los expertos en la castrato, por más ingenuo que parezca.

La ingenuidad nos absuelve de equivocarnos, que cada uno aporte lo que sepa; en nuestro caso el leiv - motiv reside en el grito. Que quede claro, no un grito desgarrado ante el miedo, sino un grito amenazante, vital; un grito como estética. En Vico todo comienza con el trueno, grito de la naturaleza. El grito se instaura así como un comienzo; no es un accidente, una incorporación, tan siquiera un reflejo; el grito es esencialmente directo. No llama, exulta. Más que una acción es una voluntad, una agresión que debe ser bien empleada, sino sería un chillido, un bramido y de eso, amigos, no es de lo que queremos hablarles. El grito es un rechazo a la inacción, a la inmovilidad, a la reducción en el alegre pupitre para borregos. ¡Qué imagen de humanidad solapada! ¡Qué caricatura de humanismo!

La energía no debe petrificarse. No rumor, grito. Se trata de un cogito sonoro y enérgico: “Grito, luego soy energía”. Pero el grito no es posible si las percepciones no se abren: “Si las puertas de la percepción se despejaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito; pues el hombre se ha encerrado hasta el extremo de que sólo ve por lo estrechos resquicios de su caverna”. Consideramos, una vez más, que lo único que puede limpiar las ventanas de la percepción es el grito primitivo.

Lautréamont creó una fauna, un bestiario lleno de dinamismo. No hay en sus Cantos ningún momento en el cual se da espacio para contemplar; sino que se siente, se vive a cada página. Y es justamente por esta amplitud de energía que resulta difícil encasillar a Maldoror: Un vampiro, un blasfemo, un sabio, un loco, un resentido, un asesino, un misántropo o un demonio. Sólo sabemos que actúa y crea su destino. Con respecto a él se puede decir lo de cierto poeta sobre su obra: “Claro, es eso, pero también algo más”. Esto cobra un énfasis en la relevancia cuando se trata del grupo, cuando reconocemos que somos un mosaico, un híbrido. Entre nosotros no hay una fórmula del todo definida, ¿qué nos une entonces? El Basilisco, animal de fábula: de gallo la cabeza, murciélago las alas, serpiente la cola, capaz de matar con la mirada. El Basilisco, el grito, Maldoror, nosotros... us-te-des. El Basilisco no es un disfraz sino el símbolo de Maldoror, convirtiéndose de esta manera en nuestro esqueleto, en nosotros mismos. Y ¿qué es ser un Basilisco?; ser Basilisco es elaborar y diseminar una defensa contra una dominación de la fantasía creacionista. Es definir una situación, una posición y discernir sobre las posibilidades de intervención activa, tanto si lo hacemos nosotros mismos o lo reconocemos en otros. Con todo esto creemos haber presentado otra voz, distinta a la monopolizada y comúnmente ofrecida por quienes participan de la memoria del recital sin novedad, la teoría fría o el galimatías, la castrato en otras palabras.

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